MELLIZOS EN PELIGRO:

"Recuerdo aquel día como si fuese hoy... caía el sol en una fría tarde de invierno. Entré a mi oficina como cualquier otro día, pero ese lunes no iba a ser uno más. Sentado en la sala de espera estaba aquel hombre que apenas tres días atrás se había llevado en sus brazos a dos mellizos que acababa de adoptar; y yo había sido el "notario" que legalizó la adopción en cuestión. (En Argentina, por aquellos años de 1995 este tipo de adopción ante notario era posible; hoy la ley ya no la permite).

Así fue, pues una madre soltera que había dado a luz a dos mellizos había decidido no conservar a sus hijos bajo su cuidado y entonces los entregaba en adopción a este matrimonio llamado Rodolfo y Norma. Aquel viernes pasado se había celebrado y firmado el acta de entrega en adopción por ante mí, como notario autorizante. Todo estaba legalmente bien hecho y los niños estaban ya en los brazos de sus papás adoptivos que finalmente (tras años de peregrinar) literalmente tocaban el cielo con las manos al recibir como de Dios la bendición que la naturaleza no les había permitido: ellos no podían tener hijos.

Me sorprendí cuando vi a Rodolfo con el rostro desencajado y sumamente nervioso. Ni bien me vio saltó del sillón y tomándome de un brazo me dijo con voz desesperada: "Norma, los chicos y yo estamos detenidos en un juzgado. No tienes idea del fin de semana que hemos pasado dentro del calabozo de los Tribunales. No entiendo qué está pasando. Una jueza nos acusa de haber "comprado" por dinero a los mellizos y han iniciado un juicio penal contra nosotros por "tráfico de bebés".

Créeme hermano que cuando escuché lo que este hombre me decía no lo podía creer. Y permíteme contarte que como además de Notario soy "Abogado" o "Doctor en leyes", yo bien entendía el tremendo problema que significa verse involucrado en un juicio penal por nada más ni nada menos que "tráfico de bebés". La sorpresa de la noticia fue tan fuerte que por un instante no supe qué hacer. Rodolfo (el papá adoptivo) me suplicaba que fuese voluntariamente al Tribunal para aclarar lo sucedido, mientras me daba detalles del operativo de más de 50 policías y varios vehículos empleados para detenerlos.

Mi corazón se debatía entre hacer lo que sabía era correcto (ir a tribunales y aclarar la situación) o hacer lo que el sentido común como profesional me indicaba (llamar a un abogado penalista amigo mío y dejar que él tome el control de la situación, pues en nuestra amada Argentina, en el 99 por ciento de los casos judiciales prima la irracionalidad y la injusticia; primero te detienen, pasas por momentos de gran angustia para luego de un tiempo dejarte en libertad pues... "no se encontró causa suficiente para sostener la denuncia", tal como estaba ya sucediendo con Rodolfo, Norma y los pequeños que les habían sido retirados y estaban en un hogar de tránsito).

No tardé en decidirme y contrariando a todas las normas de este mundo y a todos los principios de derecho que estudié (en especial que nadie debe presentarse en un Tribunal Penal sin un abogado), tomé los papeles que habíamos firmado y junto a Rodolfo (que había sido liberado al solo efecto de buscarme) emprendí el viaje a los Tribunales de la Ciudad de Buenos Aires, capital de la República Argentina. Cuando llegamos eran casi las 18 horas, el sol había caído y para hacerlo todo más tenebroso, los tribunales se hallaban en su mes de "feria" (o receso invernal) y este juzgado estaba trabajando "de turno". Por lo tanto, no solo no había luz, sino que casi no había gente. Los pasillos de este edificio quedaron grabados en mi memoria para siempre; pues tienen cien metros de largo y al verlos de noche (jamás había estado de noche en tribunales) y con apenas una lamparilla de iluminación cada 30 metros, todo era penumbras y el único ruido que se oía era el de los pasos de Rodolfo, dos oficiales de policía que nos acompañaban y yo.

Así llegamos al primer piso subiendo escaleras apenas alumbradas por la linterna de uno de los oficiales. Recuerdo que mi mayor temor lo sentí en ese momento, cuando oí al diablo susurrarme al oído: "¿qué estás haciendo?, tu bien sabes que de aquí no sales; quedarás preso y tu nombre y prestigio de tantos años de conducta intachable se verán injustamente arruinados. Inconsciente, inconsciente... debiste dejar que tu abogado primero averiguara de qué se trataba todo este lío y entonces actuar en consecuencia con los cargos. Inconsciente, inconsciente..."

En ese instante recuerdo sentir que mi fe estaba siendo probada de un modo extremo. Entonces recordé a mi Señor, que tantas veces me había preparado para este instante: Orad sin cesar, orad sin cesar Daniel...

Y eso fue lo que inmediatamente me puse a hacer, cayendo en la cuenta de que mientras consideré cada situación me había olvidado de hacer lo más importante: encomendar mi vida a Dios y vivir confiada y reposadamente en Él. No pude orar mucho, pues aquella escalera fue el único momento de silencio que aproveché para rogarle a Dios que no me abandonara, que lo necesitaba como jamás en mi vida, pues nunca había tenido experiencias penales sobre mi persona.

Cuando ingresamos al despacho de la señora jueza, tanto ella como dos personas más que se encontraban allí y no se identificaron nos recibieron con dureza y un trato sumamente áspero. Inmediatamente me separaron de Rodolfo en una actitud incomprensible (después de todo él me había ido a buscar). Me hicieron pasar a una oficina lindante, donde me atendió un joven que se identificó como el Secretario de Juzgado, quien tomaría mi declaración. Lo primero que hizo fue solicitarme mis documentos y al dárselos vi con mis propios ojos cómo la expresión de su rostro cambió por completo. Levantó su vista y me preguntó:
-¿tu eres Daniel Liandro?
-Sí, -respondí-.
-¿Acaso no me recuerdas? ¡ yo soy JJ, tu compañero de colegio secundario!

Mi sorpresa era grande, pues por más que me esforzaba no lo podía recordar. Entonces le pregunté su edad y al comparar descubrí que tenía cuatro años menos que yo, "exactamente la edad de mi hermano". Este muchacho que ahora se mostraba amable y sonriente había sido compañero de colegio de mi hermano. Recordamos el mismo colegio por el que pasamos, aquellos años preciosos de juventud y entonces él mismo, sin que yo le diga absolutamente nada me pregunta:
-Daniel, ¿qué pasó acá?

Le dije que no tenía ni idea de qué se trataba todo este gran lío. Le relaté el modo en que había hecho la entrega de la tenencia de los menores de edad, la forma legal que le di al tema y le exhibí todo lo que había firmado. Cuando el Secretario del Juzgado leyó todo lo que yo había hecho, rompió el secreto del sumario que estaba confeccionando y en vez de indagarme hasta el cansancio como se hace en estos casos, sencillamente abrió el expediente y me empezó a contar qué era lo que había pasado.
Me mostró que una familiar de la madre biológica quería los chicos para ella y como la madre no se los dio, entonces se presentó en el juzgado levantando una falsa denuncia de "venta y tráfico de bebés" contra la madre y los papás adoptivos. Por supuesto, yo era el coautor material del hecho, algo así como el "cerebro" de la organización. Mi rostro reflejó mi sorpresa e incredulidad acerca de lo que veía: ¿justamente yo imputado de "compra venta de bebés"? Sinceramente no lo podía creer. Y tal fue mi expresión que el mismo Secretario del juzgado me creyó sin más palabras y dijo: "Yo sabía que la jueza se estaba apresurando con esta denuncia. Después de todo lo único que quería era "prensa". Ahora va a tener que pasar un papelón públicamente, pues se va a tener que desmentir de lo que expresó".

Créeme que casi me desmayo cuando me enteré que el día sábado anterior este juicio había tomado conocimiento público, había sido publicado en varios diarios de la ciudad, pero no en forma destacada pues todavía no había sido superada la instancia de secreto de sumario y los "cabecillas" (léase Daniel Liandro) estaban aún en libertad.

Bien mi amigo, aquí está terminando todo. Me invitaron a volver al despacho donde estaban los padres adoptivos con una carita de susto que jamás olvidaré. La jueza entró en la oficina del Secretario del Juzgado y deliberaron por aproximadamente 20 minutos. Interminables, pero que aproveché para orar y agradecer a Dios por el milagro que acababa de presenciar. Yo tenía la seguridad absoluta que todo terminaría bien. Sin embargo, como estas cosas llevan su tiempo, deberíamos volver varias veces más a tribunales hasta que todo quedara terminado. Y aquí vino la bendición completa. ¡ Qué cierto es que Dios nos bendice más abundantemente de lo que pedimos o entendemos !

La señora jueza, al salir de la reunión con el Secretario, se acercó a los papás adoptivos, les extendió su mano y les ofreció disculpas por todo el dolor que habían sufrido. Ordenó que los menores fueran entregados en ese mismo instante a los papás y nos llevamos la sorpresa de que los tenían en una sala próxima a dónde estábamos nosotros. Acto seguido, el señor Secretario confeccionó la sentencia de "sobreseimiento definitivo" que significa que esta causa estaba total y definitivamente cerrada y la señora jueza la firmó de inmediato. Nunca más se podría juzgar esta misma denuncia: Este tema era ya "cosa juzgada".

Sí mi amigo, así es Dios, PERFECTO !!!:

  1. En apenas unas horas dio por terminado el asunto que podría haber demorado meses o incluso años.
  2. Cerró el expediente definitivamente.
  3. Nunca más ni los padres adoptivos ni yo tuvimos que volver a Tribunales.
  4. Dios nos libró de tanto dolor y sufrimiento,
  5. Y hoy, a varios años de aquel episodio, los mellizos, Rodolfo y Norma siguen siendo mis amigos, mucho más íntimos que nunca y todos guardamos en el corazón este suceso como uno de los milagros más grandes que Dios nos permitió presenciar.

Algo que jamás olvidaré: cuando volvíamos todos apretaditos en un auto, de pronto se hizo un silencio profundo, el Espíritu del Señor estaba con nosotros, Rodolfo irrumpió en risa incontenible, Norma y su cuñada lloraban desconsoladamente, los mellizos dormían tranquilamente y en mi corazón resonaba un solo sentir, una y otra vez: GRACIAS PAPÁ !!!

Amigo, cuando te enfrentes a la situación que sea, no olvides que los cristianos tenemos una "Norma más Elevada que cumplir": 

¡¡¡ OBEDECER LA VOLUNTAD DE DIOS !!!

Cuando la vida te presente alternativas de elección, tu obligación es tomar la decisión acertada, o sea aquella que se ajusta fielmente a la verdad de la Palabra del Señor.

1Cor 10:13 (RVA) No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, quien no os dejará ser tentados más de lo que podéis soportar, sino que juntamente con la tentación dará la salida, para que la podáis resistir.

Dios te bendiga en abundancia.

Tu amigo en Cristo; Daniel Liandro.

 
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