|
El siguiente testimonio
es una prueba más de la perfección de la Palabra de Dios
que afirma:
1Pedro 2:24 (RVA) El mismo llevó nuestros
pecados en su cuerpo sobre el madero a fin de que nosotros, habiendo muerto
para los pecados, vivamos para la justicia. Por sus heridas habéis
sido sanados.
TESTIMONIO: El
sábado 21 de abril del 2001, temprano de mañana me despertó
un dolor exageradamente fuerte en el vientre y todo mi costado izquierdo.
Todo parecía que estaba frente a una fuerte descompostura intestinal
como padecía hace ya muchos años atrás. Sin embargo,
los agudos dolores no eran iguales. A medida que pasaban los minutos todo
empeoraba. Comencé a sentir algo así como que me habían
clavado una espada desde el costado izquierdo de mi espalda y literalmente
"sentía" como me traspasaba por dentro de mi cuerpo hasta
salir por entre mis piernas.
Sinceramente no podía creer lo que me pasaba. El dolor no cesaba.
No tenía un solo instante de descanso. Eran cólicos agudos
y permanentes. Al comprender que estaba frente a un problema que jamás
había padecido, mi padre (que por la gracia de Dios se hallaba
de visita en mi casa esa mañana) me llevó a una clínica.
Entré casi de rodillas. Ya me costaba mantenerme de pie. Los médicos
inmediatamente me revisaron y después de algunas pruebas me dieron
el diagnóstico preliminar: CÁLCULOS EN LOS RIÑONES
(las tan temidas y populares piedras en los riñones).
Mi padre sufría a mi lado, pues él durante muchos años
había padecido estos terribles dolores. Él sabía
perfectamente qué estaba pasándome.
La potente medicación que me aplicaron calmó los dolores
tan fuertes. Entonces me hicieron una ecografía para comprobar
que efectivamente una "piedra" de 5 milímetros de diámetro
estaba llegando desde el riñón izquierdo a la vejiga y era
la causante de los fuertes padecimientos de esa mañana. Y no era
la única, pues encontraron otra piedra de 4 milímetros todavía
alojada en el mismo riñón, esperando su turno para salir.
Allí aprendí que el "uréter" (canal que
une el riñón con la vejiga) tiene apenas el diámetro
de un cabello humano. Por lo tanto, una piedra formada por depósitos
de sedimentos en los riñones, llena de puntas agudas y de 5 milímetros
de diámetro era más que suficiente para hacerme sentir aquellos
dolores inexplicables.
Para la última hora de la tarde de ese mismo día, los médicos
me dieron el alta y me indicaron todo lo que tenía que hacer cuando
la piedra comenzara su descenso desde la vejiga para salir definitivamente.
Todavía recuerdo cuando me dijeron: "Te falta la otra mitad
del proceso" y junto con esto me anticipaban que los dolores continuarían
el tiempo que tardase en salir. Y como si esto fuera poco, había
otra piedra más allí arriba, en el riñón izquierdo
esperando su turno para comenzar a salir. Las indicaciones fueron las
de estilo para estos casos: reposo, nada de esfuerzos, cuando el dolor
fuera insoportable baños de inmersión en agua muy caliente
y tomar una pastilla que ayudaría a calmar el dolor. Y así
volví a casa. Jamás olvidaré las miradas de susto
que tenían mis tres hijitos cuando regresé caminando despacio
y cansado como si volviese de una cruenta batalla.
Pasé la
noche del sábado bastante bien. Descansé varias horas y
el domingo desperté sin dolores fuertes. Apenas la sombra de lo
que habían sido el día anterior. Y así pasé
todo el día.
Al acercarse la noche, repentinamente me asaltó un fuerte dolor
en mi vejiga que me indicaba que ese cálculo comenzaba su descenso.
Sinceramente los dolores se hacían cada vez más fuertes
y recordaba los consejos médicos. Entonces hice lo que vino a mi
corazón: le pedí a mi esposa que me dejara solo en mi cuarto
y que por un momento no permita que nadie me interrumpa. Recuerdo haberme
arrodillado junto a mi cama y en medio de fuertes dolores que me llevaban
hasta las lágrimas hablé con nuestro Fiel Padre Celestial.
Le dije que desde hacía varios años le había entregado
mi vida y que en ese momento lo ratificaba. También le confirmé
que con motivo de los graves problemas económicos por los que estoy
pasando tenía tan solo 5 pesos (algo así como 5 dólares)
que no me alcanzaban para comprar los remedios indicados por el doctor.
Y tomando fuerzas del Espíritu Santo proclamé en fe y confianza
en Dios que no iba a salir a pedir dinero prestado para comprarme remedios.
Me disculpé con Dios por el contenido de mi oración, pero
le pedía que me sanara o me llevase con Él, pues yo no tenía
más fuerzas para continuar esta batalla. Y así cerré
mi oración.
Tenía una pastilla que era un suave calmante y en ese momento la
tomé. Y frente a la posibilidad de tomar un baño de inmersión
en agua bien caliente decidí ponerme en los brazos de nuestro Padre
y me metí en mi cama. Mis hijitos me dieron un beso y se retiraron
a dormir. Luego vino Daniela y recostada a mi lado oraba por mi mientras
sentía que me volvían a cortar por dentro. ¡Qué
dolores hermano!
Daniela que me acompañaba me contó luego que el ritmo de
mi respiración cambió desde una agitación propia
de los fuertes dolores a una más suave y profunda. Y caí
en un sueño profundo. Sí mi hermano, en pleno proceso de
cólico renal, bajo un dolor extremadamente fuerte, sencillamente
Dios hizo que me quedara dormido profundamente. Y no dormí poco.
Papá me concedió "diez horas" de tranquilo descanso.
Tiempo en el que Él obró con Su inigualable poder en mi
cuerpo.
En los días
que siguieron, los médicos me ordenaron que "filtrara la orina"
para conseguir la piedra. Era importante para analizar su composición
y así poder intentar prevenir futuras formaciones de tales sedimentos
en mis riñones. Y así estaba yo diez días después
del primer dolor, literalmente "colando" cuando sentí
la voz del Señor Jesús que me dijo:
"Daniel, ¿qué estás haciendo?"
Estoy siendo obediente Señor. Los
médicos me ordenaron que debía recolectar la piedra al salir
y esto es lo que hago -respondí-.
Su suave voz volvió a decirme:
"Daniel, ¿cuál fue tu oración
cuando clamaste a mi en tu dolor?"
Pensé por un instante y no recordaba más que lo que ya describí.
Entonces mi Señor, lleno de amor y paciencia me recordó
una parte de mi oración que no había guardado en mi memoria.
Yo le había dicho: "No quiero padecer
más estos dolores. Te pido que en tu poder y amor los hagas desaparecer
para siempre. No te pido que conviertas estas piedras en arenilla, te
estoy pidiendo que por tu autoridad sobre mi vida LAS HAGAS DESAPARECER".
Créeme hermano que la sorpresa de haber recordado esta parte de
mi oración fue muy grande. Entonces el Señor me hizo tomar
conciencia de lo que estaba haciendo. Miré el colador en mi mano
y pensé en la situación de estar esperando la salida de
la piedra, pero hacía varios días que no tenía ni
siquiera dolores. Fue en ese momento cuando me dijo:
"Daniel, ¿cómo esperas que salga
lo que ya no existe?"
Mi pecho vibraba de emoción. Mi mente se llenaba de pensamientos
de gozo y agradecimiento a Dios por lo que estaba recibiendo de Él.
Entonces arrojé para siempre a un cesto el colador que desde hacía
diez días viajaba conmigo a todos lados, me declaré "SANO
EN EL NOMBRE DE JESÚS" y comencé a vivir normalmente.
Volvía a comer y tomar todo lo que me gusta sin ningún tipo
de restricción y en fe continué con los estudios médicos
que me diesen la comprobación científica del milagro que
yo ya sabía había hecho JESÚS.
Mientras el tiempo
pasaba y me hacían placas radiográficas, exámenes
médicos hasta terminar en un "urograma excretor" que
sirvió para comprobar médicamente lo que Dios ya me había
anticipado: UN VERDADERO MILAGRO, muchos hermanos amados de Dios oraron
por mi vida y no encuentro palabras para agradecerles. Y tampoco puedo
nombrarlos a todos, pues verdaderamente son cientos. Por eso hoy te digo
amigo que lees este mensaje, que así somos los miembros de la familia
de fe de Dios. Así vivimos nosotros Sus hijos amados. Nos cubrimos
unos a otros en oración e intercedemos unos por otros, llevamos
los unos las cargas de los otros y por sobre todas las cosas ponemos primero
a Dios y nos amamos con el maravilloso amor que Dios nos regaló.
Por supuesto, cuando Dios hace las cosas, las hace "perfectamente".
Y el milagro de sanidad que obró en mi no fue la excepción.
Dios me libró de todo cálculo renal y los médicos
no han podido encontrar ni rastro de piedras en ningún tramo de
todo mi sistema urinario. GLORIA A DIOS.
Hermano amado,
gracias por tu compañía. Gracias porque cuando recuerdo
que tu estás allí acompañándome en oración
descubro que el Cuerpo de Cristo que ambos formamos es una viva realidad
que trasciende las palabras escritas en la Biblia. Esto es "vivir
la vida cristiana" y no puedo dejar de agradecerle a Dios por permitirme
tenerte a mi lado. Son privilegios que he recibido solo por la gracia
de Dios ya que nunca podría haberlos alcanzado por mérito
propio. Hermano amado, hermana de mi corazón, tu eres la bendición
más grande que Dios podía haberme dado en esta vida, pues
cuando te digo que TE AMO, sé que estoy amando al Cristo vivo que
habita en tu corazón y esto, por extraño que pueda parecerles
a los incrédulos del mundo, se llama "FAMILIA DE DIOS".
Padre
amado, permíteme cerrar este testimonio con esta oración.
Dios bueno, Fiel y Verdadero, me humillo en tu presencia y con genuino
gozo en mi corazón reconozco que tuya es toda la gloria, la honra,
el honor y el poder por los siglos eternos. Amén. Padre, quiero
en este momento rogarte que en las vidas de mis hermanos descienda tu
poder y autoridad Divinos para que en cada una de sus necesidades te puedan
conocer a Ti, el Supremo y Majestuoso Rey de Reyes y Señor de Señores.
Dios Eterno, Padre de toda consolación, bendice a mis hermanos
como lo has hecho conmigo y convierte en "nada" toda dolencia
física, mental, emocional y espiritual. Dios Todopoderoso, completamente
afirmado en la fe que has puesto en mi te suplico que sobre la vida de
cada hermano y hermana en Cristo reposes Tu mismo. No te pido tan solo
tus bendiciones sino que te ruego Tu misma Presencia en sus vidas para
que las bendiciones sean la consecuencia de Tu Señorío en
ellos así como el tenerte, gozarte, vivirte, amarte y respetarte.
Padre, tuyo es todo y en mi pequeñez que agradezco que me hayas
hecho parte de ese todo que tu has apartado para Ti desde antes de la
fundación del mundo. Te amo mi Fiel Dios. Te amo con un amor que
excede mi ser. Te amo con el amor de Cristo que tu mismo has puesto en
mi corazón para este mismo día en el que públicamente
y con total certidumbre de fe te reconozco como MI REY, DUEÑO Y
SEÑOR. En el nombre de nuestro maravilloso Señor Jesucristo
te elevo esta oración. AMÉN.
Gracias Padre por
recordarme que no son tus bendiciones lo que me une a Ti, sino Tu misma
presencia Divina, Tu inigualable AMOR. Sé mi Dios que por mis propias
fuerzas jamás hubiese podido ni siquiera completar la solicitud
de inscripción para ser parte del Reino Eterno al que me has llamado.
Entonces reconozco y declaro que soy Tu hijo por tu gracia, por tu amor,
por tu perdón y por tu misericordiosa compasión que excede
todo conocimiento humano. Gracias Padre Bueno por haberme inscripto en
los cielos.
Lucas
10:20 (RVA) Sin embargo, no os regocijéis de esto, de que los espíritus
se os sujeten; sino regocijaos de que vuestros nombres están inscritos
en los cielos.
|