¡Feliz Día del Señor, Redimidos de
Jesucristo!
Por medio de Ericka Mendoza quiero dirigirme a todos...
Querida Ericka, hoy quiero contarte algo que no se lo he dicho a nadie tal y como
te lo voy a contar ahora. Es la historia de uno de los peores momentos de mi vida.
Y aunque algunos por ahí ya me han escuchado hablar acerca de esto, sinceramente
a nadie le he contado la historia completa, el cómo y por qué ocurrió.
Hoy quiero hacerlo a través de ti hacia todos mis amigos a los que tal
vez, el leer este testimonio, les pueda ayudar. Es quizás un poco extenso,
por eso, como yo sé que no todos tienen tiempo disponible para leer un
correo tan largo, entonces, los libro del compromiso de tener que leer lo que
en este domingo se le ocurrió escribir a Oscarito.
Ericka, ya te había compartido que mi segundo gran amor, es el amor que
le tengo a una compañera, y que para este día son ya 18 años
esperando que esa persona tan especial aparezca en mi vida. Sin embargo, el asunto
no ha sido meramente "esperar", no ha sido meramente un "dejar
pasar el tiempo", sino que también he vivido experiencias sentimentales
con algunas señoritas por ahí, que obviamente todas terminaron en
fracaso, ante mis palabras de que nunca he tenido novia.
Cuando yo tenía 25 años de edad conocí una señorita
que se llama Jery Hidalgo Víquez. Ella tenía 21 años. Antes
de verla por primera vez, ya había fracasado en 4 ocasiones diferentes
en el pasado, en mi intento por formalizar una relación que la mujer que
me gustaba. El gran sentimiento que se despertó dentro de mí al
conocer a Jery en un curso de Vida Abundante en el Espíritu, me dió
grandes ilusiones al pensar que me encontraba ante la presencia de la compañera
que para ese entonces tenía ya 9 años de esperar.
Sin embargo, la situación de Jery era delicada, pues había llegado
a la iglesia buscando ayuda espiritual, por un conflicto sentimental. Tenía
un novio de nacionalidad nicaraguense, de nombre Martín, que había
regresado de Costa Rica a Nicaragua, y , aparentemente, nunca más iba a
volver. Ese muchacho no era cristiano. En esos días Jery me escribió
una carta, la única carta que tengo de ella, diciéndome que estaba
tratando de buscar de Dios, aunque le costaba mucho, porque pensaba que Dios nunca
le iba a fallar.
Jery y yo nos gustamos. Comenzamos a ser amigos. Dios me dio luz verde para comenzar
a intentar con ella una relación sentimental. Pasaron unos 6 meses de conocernos,
andar juntos, de comenzar a orar para saber si era voluntad de Dios esa relación
que intentábamos tener. Todo parecía que marchaba bien, hasta que
Martín, su exnovio, regresó de Nicaragua a Costa Rica, y lo primero
que hizo fue buscarla. Entonces fue cuando Jery tomó la decisión
de volver con su exnovio inconverso sabiendo que yo la quería.
En ese día, en las cartas que solía escribir en secreto para desahogarme,
escribí lo siguiente:
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Esto es lo bueno de ser cristiano, que aunque no tengo lo que quiero, poseo
una fe más preciosa que el oro, esa fe que me lleva a creer que, pase
lo que pase, Dios es justo, Dios es bueno, que su misericordia permanece para
siempre, que nunca me fallará, que nunca me llevará por caminos
por donde me hagan daño, que Dios nunca levantará su mano contra
mí para herirme. Si las intenciones de todos los hombres están
expuestas ante Dios, ¿cuánto más no será notorio
para el Señor lo que puedo estar sintiendo ahora? Pero las misericordias
de Dios son nuevas cada día; las fuerzas vendrán una y otra vez;
los ánimos aparecerán de la nada. Y si la Biblia dice que el Señor
Jesús es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente
de lo que pedimos o entendemos, entonces, vale la pena seguir esperando, y creer
que, más allá de las estrellas, hay un Dios que me ve, que escucha
mis gritos cuando lloro en silencio, que se da cuenta que no quiero actuar porque
tengo miedo, que entiende que no quiero arriesgarme porque estoy herido, que
sabe que soy débil y no deja que sea probado más de lo que puedo
soportar. ¡Sí! Un Dios que me aprueba cuando considera que me esfuerzo
por hacer su voluntad, que me bendice a pesar de lo mucho que dudo, pero sobre
todo, un Dios que nunca permitirá que su amigo se corrompa.
Sabes, las lágrimas son la sangre del corazón, y hay cosas que
tienen precio de sangre, y hay precios que el que tiene que pagarlos soy yo.
Cuando le has dado a Dios el dominio de tu vida, el Señor hace contigo
cosas que ni siquiera te imaginas. Son situaciones que llegan de repente; momentos
inesperados que a veces te dan satisfacción y alegría; otras,
dolor y confusión; pero detrás de todas ellas está la sabiduría
de Dios. Lo importante es pensar que el Señor sigue siendo el Padre que
no le da a un hijo una piedra cuando éste le ha pedido pan; que no le
da una serpiente cuando éste le ha pedido un huevo; que no le da vinagre
cuando éste le ha pedido miel. Los propósitos de Dios son siempre
difíciles de entender, mas yo sé, —¡estoy seguro!—,
que esto no será para siempre. Al final de la carrera el Señor
dará paz a mi vida. Ocho años de espera son suficientes. Ocho
años de contar los días, las horas y los minutos. Y el día
en que Dios, mi Padre, actúe; en ese día mi boca se llenará
de risa.
El levantarse y seguir caminando es la respuesta cuando atraviesas un desierto.
No puedes darle la espalda al conflicto. Debes indagar las razones por las cuales
te está sucediendo eso, y cambiar, y alcanzar los propósitos que
Dios fijó para ello. Sería absurdo seguir golpeando la roca si
no fuera porque el Señor mantiene viva la esperanza de que saldrá
agua de allí…
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Después de haber escrito esta carta donde yo mismo me determinaba a seguir
adelante, me sucedió algo que nunca me había pasado. Dios, mi
Padre Celestial, me salió al encuentro pidiéndome que perdonara
a Jery y le diera una segunda oportunidad. Yo hasta le pregunté al Señor
si realmente sabía lo que me estaba pidiendo, pero hice lo que me pidió.
Pasaron otros seis meses donde aparecieron varias hermosas oportunidades para
tener esa compañera tan querida y esperada, pero la voz del Espíritu
Santo era siempre pedirme que me negara a mí mismo, pues la voluntad
de Dios era que le diera una segunda oportunidad a Jery. Yo obedecía
con dificultad. No era fácil dejar pasar una "hermosa oportunidad"
por esperar a una persona que ya antes me había rechazado. Durante esos
seis meses no sabía nada de Jery, porque ella tampoco volvió a
la iglesia, después de que regresó con su exnovio Martín.
Sucedieron muchas cosas. Entre ellas un cambio radical, pues guiado por el mismo
Espíritu Santo dejé de congregarme en la iglesia donde había
conocido a Jery, para comenzar a reunirme en otra. Al poco tiempo llegaron a
mis oídos las noticias de que Jery se había separado para siempre
de su novio Martín y había regresado a la iglesia donde la había
conocido. Yo me contrarié un poco al pensar que por qué Jery volvió
a esa iglesia precisamente cuando yo ya no estaba ahí, pero parecía
ser el principio de una segunda oportunidad para Jery y yo, la segunda oportunidad
que Dios me había hablado.
Pasaron como tres meses más. Me llegaban noticias de Jery, de que estaba
muy involucrada en la iglesia, incluso un día le tocó realizar
la oración de la asamblea general, en la que se reunen alrededor de 600
personas. Por supuesto que me emocionaba ante esas noticias y me motivaban a
guardarme yo también para esa segunda oportunidad. Parecía que
del mismo modo le llegaban noticias de mí a Jery. Sin embargo, un viernes
en la noche, con ocasión de una vigilia, llegué a la iglesia donde
se congregaba Jery. Ella, cuando me vió, quizo estar conmigo, pero de
pronto llegó un muchacho a buscarla para que se sentara con él
en la vigilia. Se llamaba Roberto. Obviamente Jery no supo qué hacer
cuando este muchacho comenzó a preguntarle, casi exigiéndole,
que le dijera quien era yo y porque ella estaba ahí conmigo.
Entonces, querida Ericka, las cosas cayeron por su propio peso. Parecía
que Jery había estado relacionándose con ese muchacho en el caso
de que yo nunca más volviera a aparecer. Este muchacho, Roberto, regresó
a la banca en la que estaba sentado para la vigilia. Jery se quedó sentada
a la par mía como muda, sin decir nada. Al final, Jery se levantó
de la banca donde yo estaba y se fue a estar con Roberto. En esos instantes
quería desaparecerme de ese lugar, y apenas tuve la oportunidad me fui.
Después de esto comencé a enojarme terriblemente contra Dios.
¿Las oportunidades que dejé pasar por obedecer al deseo del Señor
de perdonar a Jery y darle una segunda oportunidad, para que al final recibiera
eso? No, no lo acepté. Me entró un terrible despecho; y en mi
despecho, me rebelé contra Dios; y traté de conseguir por mis
propias fuerzas, a como diera lugar, lo que tanto quería. Así
que tomé la decisión, por mí mismo, de mi propia voluntad,
de visitar un prostíbulo. Y en un lapso de 22 días visité
tres veces el mismo prostíbulo, donde participé con tres mujeres
diferentes. Así sucedió hasta que me arrepentí y no seguí
derrumbándome más.
Entonces otra vez volví a escribir: "En aquel Trono establecido
en el Cielo, una voz llegó hasta Dios. "¿Quién eres?"
-preguntó el Señor-. "Soy un clamor, soy una súplica,
allá, desde la oscuridad, desde el lugar donde solo hay frío y
soledad, debajo de las ruinas y los escombros, de ahí vengo yo".
Se inclinó Dios para mirar en la tierra al hombre que clamaba y lo reconoció.
-¡Es Oscar!- Entonces se levantó el Señor de su Trono, se
ciñó de poder, llamó a sus poderosos ángeles para
que pelearan con él, pronunció mandamiento de salvación
y envió su voz desde su Santo Templo para decirle a aquel hombre: "mi
misericordia es firme".
Ya una vez había compartido esto. Ericka, te tengo una nueva definición
de rotundo fracaso: "haber esperado 9 años en el Señor por
una compañera, para terminar con prostitutas". Recuerdo que cincuenta
metros antes de llegar al prostíbulo por primera vez, el Espíritu
Santo me habló y me dijo: "Me seréis santos". Pero yo
lo ignoré. La calamidad fue terrible. Satanás se aprovechó
para hacerme todo el daño que pudo. Incluso sentí que Satanás
ganó terreno en mi corazón, porque me comencé a sentir
atado hacia pecados en los que jamás había caído. Se echó
a perder todo. Se me juntaron las dos cosas al mismo tiempo: la peor decepción
sentimental y la peor desgracia espiritual.
Tardé un año completo en ser restaurado a la comunión íntima
que tenía con mi Padre Celestial, después de esa caída.
Y un día, durante ese año, en medio de la lucha que sostenía
por recuperar la comunión íntima que había perdido, escribí
lo siguiente:
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¡Cómo cuesta esperar! ¡Qué duro es tener que luchar
y vivir sin alguien con quien hablar, con quien andar, con quien compartir!
Estoy solo, más solo que nunca. Soportando un gran peso; sangrándome
las heridas; doliéndome los golpes; amargándome los fracasos.
¡Cuánto esfuerzo no ha hecho el Señor Jesús por sacarme
de aquí! Lo he visto intervenir poderosamente. Ha hecho cosas que nunca
antes lo había visto hacer. Ha actuado con un celo con el que nunca antes
lo había visto pelear. Me ha dado bendiciones que jamás había
recibido. Los mismos ángeles se han manifestado como nunca antes se les
había ordenado o permitido. Y sin embargo, tampoco me había sentido
tan solo; jamás había pasado por momentos tan llenos de soledad
y tristeza como los que estoy soportando ahora.
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Al terminar el año la restauración del Señor Jesús
fue completa. Otra vez pude estar de pie delante del Dios de la Tierra. Otra
vez pude levantar manos santas en alabanza y adoración. Obviamente mi
corazón quedó marcado para nunca más cometer una locura
como esta, por ningún motivo, por ninguna circunstancia. Sin embargo,
al final de esta experiencia pude comprender por qué una vez Job dijo:
"Yo sé que mi Redentor Vive"; pude comprender por qué
David cantó: "Ahora conozco que Jehová salva a su ungido";
pude comprender por qué el Apóstol Pablo escribió: "Ninguna
cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús".
¡Aleluya!
Para terminar este capítulo de mi vida, querida Ericka, te diré
que después del día de la vigilia pasó también como
un año antes de volver a saber de Jery. Ella me llamó por teléfono.
Dijo que me llamaba para que "arregláramos" las cosas que no
quedaron claras el último día que nos vimos. Sin embargo, para
esa oportunidad yo ya había recibido una palabra de mi Padre Celestial
con respecto a mi compañera. Dios me había dicho: "vendrá
otra".
Cuando me quedé de ver con Jery, y le dije lo que Dios me había
dicho, le salió una lágrima por la mejilla y me dijo: "Oscar,
lo que estoy perdiendo". Cuando me dijo eso, lo que sentí fue indignación
y ganas de decirle que con una lágrima no iba a arreglar todo lo que
había hecho en el pasado. Ahí terminamos la conversación,
la acompañé a la salida de la iglesia y nunca más la volví
a ver. Aparentemente terminó casándose con un compañero
de trabajo que no tenía nada que ver con la iglesia. Creo que tiene un
hijo.
Sabes, Ericka, me siento raro, nunca le había contado a nadie toda la
historia de una de las tragedias espirituales y sentimentales más serias
de mi vida. Lo peor estaría aún por venir. A la edad de 30 años,
en octubre de 1998, fui severamente afectado por una crisis maniaco depresiva,
que me mantuvo lejos de Dios y de las personas por dos años y medio.
Pero eso es otra historia. ¡Bendiciones! Y que la gracia sea con todos
los que aman al Señor Jesús con amor inalterable. Así sea.
Con Cariño....
Oscarito.
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