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Dios premia la fidelidad: |
Autor: Roberto Carlos ZELAYA. | |
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Cuando
yo tenía como 9 años acepté a Cristo en mi corazón, e inmediatamente después
mis padres se quedaron sin trabajo. ¿Qué pasó Señor? fue mi primera reacción,
pero esto solo era el principio de una serie de milagros en mi vida. Al
día siguiente, noté un poco molesta a mi mamá. Mi papá salió a buscar
trabajo y nos dejó 5 colones (que es poco más de medio dólar) para comprar
el almuerzo. Hasta unos años después medité que mi papá quizás no había
almorzado ese día por dejarnos esos 5 colones. Bueno, al día siguiente
fue algo extraordinario. Había una fila de gente en la puerta de mi casa
dejando comida. Había más comida que cuando tenían empleo mis papás. Aceite,
huevos, harina para hacer tortillas, arroz, frijoles, de todo! Y no dejaron
de llegar durante tres días. Teníamos comida suficiente para un mes. Mucho
antes que se acabaran las provisiones, mi papá consiguió trabajo, ganaba
muy poco, pero era suficiente para sobrevivir. Mi mamá era contador, y
empezó a llevar contabilidades de empresas pequeñas en la casa. Nos alcanzaba
para comer y transportarnos, pero entonces surgió una inquietud en mi
corazón. Yo en el colegio estaba aprendiendo a tocar flauta porque era
una materia obligatoria, y aprendí bastante rápido. El primer día mi papá
me dijo que la realidad era que no parecía música los ruidos que hacía,
pero un mes después cambió radicalmente su punto de vista. Unos meses
después hicieron un acto y me eligieron para ser el flautista principal
de entre 160 alumnos. Yo me sentí muy bien; en esos días entré al ministerio
de alabanza con mi flauta. No teníamos suficiente equipo en la iglesia
asi que tocaba sin micrófono; por ende, no se oía nada a la par del teclado,
la batería, el bajo y la guitarra. Pero a mi no me importaba, porque no
se cómo, pero a esa edad ya entendía que había un Dios maravilloso que
le gustaba que yo le tocara a él, sin importar que nadie más me oyera. Al
año siguiente, en el colegio, a un compañero el papá le compró un teclado
(piano electrónico) y contrató al mismo profesor de música del colegio
para que le diera clases, así que le permitía llevarlo al aula cuando
estábamos ensayando. El teclado se oía excelente a la par del coro de
flautas y en ese momento pensé que yo podía tocar teclado para alabar
a Dios, y empecé a orar por uno. Mi mamá me veía tan entusiasmado con
la idea de tener un teclado que ahorró unos meses y para navidad me compró
uno casi de juguete. Tenía teclas pequeñitas y tenía sonidos muy divertidos,
aunque para mi eran los mejores sonidos que un teclado puede tener. Ese
teclado mientras yo estaba en casa casi nunca estaba apagado, y cuando
lo estaba era porque posiblemente yo ya estaba dormido. Aprendí todo lo
que pude, pregunté a unos hermanos del Ministerio de Alabanza hasta que
pude acompañar algunos cantos. Ya más no se podía hacer en el tecladito,
sus recursos eran muy limitados; es más, recuerdo que sólo se podían tocar
4 teclas al mismo tiempo. Entonces, vi la necesidad de tener un "teclado
grande" (para mi en ese entoces sólo había esas dos clasificaciones:
pequeño y grande). Mis padres seguían con sus mismos empleos, así que
no me podían comprar uno. En la Iglesia me habían enseñado en escuela
dominical que si oraba con mucha fe, el Señor me contestaría de una de
estas tres formas: sí, no porque no te conviene, o todavía no. Yo empecé
a orar y a contarle a medio mundo que iba a tener un teclado nuevo, "de
los grandes". De repente, mi mamá consiguió un trabajo eventual que
le dejaría buen dinero. Yo sabía que mi mamá tenía otras prioridades así
que no me hice ilusiones con respecto a ese dinero, pero no sabía que
Dios tenía otros planes: El
trabajo eventual consistía en realizar un estudio y una serie de proyecciones
económicas para pedir un préstamo destinado a un bar. Sí, a un bar. Mi
mamá no era cristiana en ese entonces así que le daba igual. De repente,
el banco se retrasó tanto con el préstamo que el bar quebró. Mi mamá se
dio cuenta e inmediatamente fue a hablar con el propietario para que le
pagara. El propietario le dijo que no tenía dinero, y que la única forma
que tenía para pagarle era que escogiera uno de los instrumentos del grupo
que tocaba en vivo. ¿Adivinen cuál eligió? Por supuesto! El teclado. Se
lo dieron y rápidamente tomó un taxi a casa para darme la sorpresa. Yo,
como de costumbre cuando el Señor me manda una bendición, empecé a saltar
de contento (siempre he sido un poquito efusivo y lo sigo siendo), y salté,
y salté y di vueltas y empecé a llamar a medio mundo contándoles que ya
tenía el teclado nuevo del que les había hablado. Pude aprender más y
a partir del teclado aprendí un poquito de otros instrumentos como guitarra
y bajo, y el Señor me reveló cómo se toca la batería, otras percusiones
y la harmónica y algunos instrumentos folklóricos; fui aprendiendo más
y más según Dios me iba enseñando en mi cuarto, solos los dos. Cuando
empecé con la flauta, la primer semana no parecía tener mucho futuro con
la música; incluso ya tenía aburridos con mi "pito" a todos
en la Iglesia. Pero Dios premia la fidelidad. Ahora soy el director de
músicos de mi Iglesia y hay algunos jóvenes músicos que me identifican
claramente como la persona que les enseñó a tocar, y la gloria no es mía,
es de Dios, porque Él personalmente me enseñó a tocar y sin Él no podría
estar relatando esta historia que aún ahora después de tantos años sigue
emocionándome y alentándome a seguir adelante. Si un ministerio es de el Señor, Él lo levanta sin importar lo que la gente crea o haga, sólo hay que recordar que DIOS PREMIA LA FIDELIDAD!!! Roberto
Carlos ZELAYA. |
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